lunes, 10 de febrero de 2014

Emilio Sosa López, Romualdo Brughetti, Eduardo Mallea y una historia poco conocida...


Emilio Sosa López, Romualdo Brughetti, Eduardo Mallea y una historia poco conocida...




Emilio Sosa López publicó en La Nación de Buenos Aires un trabajo sobre el 50º aniversario de la primera edición de La bahía de silencio, célebre novela de Eduardo Mallea, y Romualdo Brughetti, poeta como Sosa López y el principal historiador del arte en Argentina, le dice por carta esta hermosa historia sobre ese libro. Anécdota de tres grandes amigos...















(9 de septiembre de 1990
“Querido Emilio, tu excelente artículo afectó conmovedoramente en mí el recuerdo del gran escritor y noble amigo, cuya novela es una de las más singulares escrita por un argentino. Tuve el privilegio de leer La Bahía de Silencio en los originales y ayudar a Mallea en la copia a máquina para la imprenta. Sobre ella escribí en Cuadernos Americanos y en Argentina Libre (páginas recogidas en libro). ¿Conservas una copia de la nota que dediqué a tu pintura en La Nación? Necesito una fotocopia, con unas líneas tuyas actuales acerca de la misma. Estoy llevando a su término mi Nueva Historia de la Plástica nacional y no te quisiera ausente. Un abrazo, Romualdo Brughetti”)
 




miércoles, 15 de enero de 2014

15 de enero de 1921, nace Emilio Sosa López




Portada y contratapa de un libro de Armando Zárate sobre la poesía de Emilio Sosa López












 

Armando Zárate, Universidad de Vermont, Estados Unidos, Una poesía visionaria, Ediciones Mundi, Córdoba, Argentina, 1987




15 de enero de 1921, nace Emilio Sosa López




De la principal figura argentina de la filosofía, su amigo personal











Dedicatoria de Francisco Romero a su amigo Emilio Sosa López, entonces con solamente veintitantos años de edad




15 de enero de 1921, nace Emilio Sosa López




15 de enero de 1921, nace Emilio Sosa López










El poeta en la fotografía de su documento a los dieciocho años



domingo, 30 de junio de 2013

Emilio Sosa López "Sobre la poesía"



Emilio Sosa López


"Sobre la poesía"




“La poesía aprehende una realidad externa en un acto de intuición creadora que funde la presencia del mundo con la conciencia del poeta...”




martes, 18 de septiembre de 2012


El visionario, novela, Editorial Joaquín Mortiz, México, D. F., 1978; elogiada por Octavio Paz como "imprescindible para entender la novelística actual"




lunes, 3 de septiembre de 2012

Dedicatorias


DEDICATORIAS




RAFAEL ALBERTI a Emilio Sosa López




JORGE LUIS BORGES a Emilio Sosa López



LANZA DEL VASTO a Emilio Sosa López




JUAN LARREA a Emilio Sosa López




CARLOS FUENTES a Emilio Sosa López




GUILLERMO DE TORRE a Emilio Sosa López




EDUARDO MALLEA a Emilio Sosa López




RICARDO E. MOLINARI a Emilio Sosa López




DANIEL MOYANO a Emilio Sosa López




MANUEL MUJICA LAINEZ a Emilio Sosa López




ERNESTO SABATO a Emilio Sosa López






lunes, 28 de mayo de 2012

BORGES Y SOSA LÓPEZ


En España, a Borges se le preguntó: “¿Los autores importantes de Argentina sólo están en Buenos Aires?”, a lo que él respondió: “No todos; por ejemplo, en Córdoba, vive el gran poeta Emilio Sosa López", y recitó un poema de este autor.

domingo, 27 de mayo de 2012

EL PAPEL SOCIAL DEL ESCRITOR Emilio Sosa López




EL   PAPEL   SOCIAL   DEL   ESCRITOR



Emilio Sosa López




La tensión provocada por el enfrentamiento de esas dos concepciones de vida, burguesa y cristiana, tenía necesariamente que sacudir ese aparente rigor estético en que se desarrolló el clasicismo francés. El mundo de las letras, a la vez que se consolidaba en sus principios formales, dejaba de ser un orden exclusivamente artístico para configurar, en adelante, un frente de lucha de nuevas ideas y principios. Todo esfuerzo de la inteligencia tendía a asentar las bases de una nueva educación del hombre. Esto significó plantear una discusión a fondo de todos los contenidos del saber y la moral. Sartre lo ha señalado en su ensayo ya citado, al indicar que “en el siglo XVII, al decidirse a escribir, se abrazaba un oficio definitivo, con sus fórmulas, sus reglas y sus costumbres, con su rango en la jerarquía de las profesiones”. Pero, agrega, “en el siglo XVIII, los moldes quedan rotos, todo está por hacerse y las obras del espíritu, en lugar de confeccionarse con más o menos felicidad y según normas establecidas, son una invención particular y como una decisión del autor referente a la naturaleza, el valor y el alcance de las Bellas Letras: cada uno trae consigo sus propios reglamentos y principios conforme a los cuales quiere ser juzgado”. También en el orden general de las creencias sucede lo mismo. No hay sino desafío y orgullo personal en las convicciones. Ya Bossuet observaba desmoralizado el comienzo de este proceso y decía sensiblemente, con recelo y contrición: “Vemos todos los días como se enmaraña la ley moral con tantas cuestiones y enredos que no podría haber más en los procesos más engorrosos. Si Dios no pone término a estas dañosas sutilezas que nos inspira el amor propio, pronto no serán las reglas de la fe y de la lealtad más que otros tantos problemas”.

Ahora los nuevos escritores encuentran un mercado de competencia en la cotización social de sus productos intelectuales. Y estos productos sólo interesan o impresionan por la novedad de ideas liberadoras de ese estado  de caída irredenta en que los ubican las doctrinas religiosas. Se busca, por el contrario, una nueva imagen del hombre que rescate a los individuos del sentir de una originaria pecaminosidad. Todo ello conduce a volver los ojos a la claridad de las ciencias. Estas son, al menos, las únicas promesas seguras para ese “honnête homme” del siglo que, a falta de una encendida y abrasadora fe, quiere seguir siendo probo y cumpliendo de un modo honrado sus obligaciones. Por lo demás, el Estado, al asumir en estos tramos históricos, el control de la enseñanza, ha terminado por instituir, en las prerrogativas del poder, una absoluta supremacía en las concepciones políticas y culturales de la época, sin reconocer el valor de las restantes creaciones espirituales. Frente a este hecho irreversible que habrá de prolongarse hasta la revolución francesa, los escritores o artistas tuvieron que aceptar la condición de súbditos del Estado y atenerse a sus normas, para no quedar fuera de la necesaria protección de las autoridades. En tal sentido, el valor de la autoeducación que secularmente impuso la preocupación antropológica proveniente del Renacimiento vino a desembocar, al fin de cuentas, en una filosofía práctica de la vida, o en una especie de sentido político de la acción, a cuyo servicio la herencia egotista de un Maquiavelo o la propensión idealista del libre pensamiento disputaron su preeminencia en la elaboración de una nueva concepción del hombre. Aquí el espíritu crítico de la época inclinó su atención sobre los problemas afines al ser histórico más que a las viejas cuestiones de carácter meramente psicológico o teológico. En este caso, se observará la reacción de una burguesía ilustrada en busca de planteos científicos que le aseguren una ley de progreso a la educación y el saber. El liberalismo burgués asumirá esta misión con la que intentará influir ideológicamente en el público. Así, pues, la literatura, al socializarse, esto es, al profesionalizarse, comenzará a desarrollar una labor periodística a partir de un orden de ideas que en su generalización o difusión tenderá a instituir el mundo comunitario  de la opinión. Serán los comienzos del periodismo propiamente dicho. Y bien, en este clima de mutua participación en que cada uno es responsable de sus propias convicciones, el escritor irá adquiriendo un gran poder de influencia sobre los hombres de su tiempo, hasta el punto de modificar sus creencias o inclinar sus voluntades a favor de su función tanto liberadora como orientadora.

Ser “homme de lettres”, como se decía entonces, es ejercer, en fin, un status social. Tanto equivale su función a la de un magistrado, militar o eclesiástico. Pero el escritor ya no quiere ser sólo un mero servidor. En un sentido estricto, se siente un ideólogo más bien, un elegido, un destinado a iluminar o interpretar los designios de la historia, favorecer sus fines y encumbrar a los hombres con los dones de la fama. En consecuencia, ha de ser él quien con libertad pueda influir incluso ante el poder, no sólo como un igual, sino a veces como un espíritu superior a los propios gobernantes. Paul Hazard en su libro póstumo La pensée européenne au XVIII siècle, ha reconstruido este estado de conciencia del nuevo intelectual: “Un autor, —dice— ¿no es el igual de los que lo han dominado tanto tiempo? En ciertos aspectos, ¿no es superior a ellos? ¿No es él el que distribuye —viejo argumento, que no parece desgastado— los laureles que impiden morir a los hombres? ¿No es el representante del nuevo poder que se llama la ciencia? ¿No es un príncipe del espíritu? Que cambien, pues, los términos de su antigua alianza, que tenga a los grandes señores por lo que son la mayoría de las veces, ignorantes, malos jueces, que no tienen el triste honor de ser injustos con conocimiento de causa. Sólo a este precio adquirirá conciencia de su propio valor”. Detrás de esta postura intelectual se advierte la pujanza de las nuevas concepciones del mundo, que proceden principalmente de las ciencias naturales. En esto, las conquistas de la física de un Newton fueron decisivas y, aún más, consideradas como modelos para regir también las aspiraciones artísticas. Tal coincidencia, pues, entre los postulados del arte y de la ciencia, importa por sí misma una novedad de todo punto de vista revolucionaria. No es un simple acuerdo de opiniones. Es la consecuencia radical de un nuevo orden del ser. Esta relación descansa, como lo ha puesto de relieve Ernst Cassirer en su Filosofía de la Ilustración, “en la idea de que la naturaleza, en todas sus manifestaciones, se halla sometida a principios determinados, y así como la meta suprema del conocimiento consiste en alcanzar estos principios y en expresarlos con claridad y determinación, así también el arte, rival de la naturaleza, muestra la misma condición interna. Del mismo modo que hay leyes universales e inviolables de la naturaleza, habrá leyes del mismo tipo y de la misma dignidad para la ‘imitación de la naturaleza’”.

Se trata, como se ve, de una “cosmovisión” dominante que ya afecta todos los órdenes del espíritu. En ella se inserta, naturalmente, el “hombre de letras”, quien no tardará en conferirse todo el valor pedagógico que significa ser un intelectual. La confianza en la operatividad clasificadora del pensamiento tiende a ser casi absoluta. Se busca renovar  todos los métodos, se insiste en la transformación de los hábitos. Entretanto, la educación humanística, impartida en las escuelas, seguirá padeciendo el “vicio de la monasticidad”. El griego y el latín son allí sólo objetos de análisis gramaticales. En la práctica ya no se exprime el espíritu vivo de la Antigüedad. Tan sólo se pretende dotar a los individuos de adornos sentenciosos, desperdiciándose así la oportunidad de lograr ciudadanos activos e imaginativos. Únicamente los intelectuales, en gran parte autodidactos, cumplen con los ideales pedagógicos más auténticos. Son filósofos, librepensadores, que a la vez que informan y discuten, indican nuevos principios sobre la naturaleza del arte y de las bellas letras. Ellos, más que al pasado ilustre, miran al presente y, sobre todo, al porvenir. En este aspecto, proponen o disciernen diversos procedimientos o sistemas para reactualizar la función formativa de las letras, así se trate de los mismos autores clásicos. Una naciente ciencia de la literatura asoma al interés espontáneo de la investigación. Pero, con todo, a pesar de haber comenzado a definirse ya el espíritu del Siglo de las Luces —cuya vocación parece adecuarse perfectamente al lema kantiano, Sapere aude”—, el viejo remanente de la noción cristiana de la salvación seguirá todavía agitando la conciencia de las gentes. Y aun cuando la mentalidad burguesa se haya inclinado por el lado terrenalista o historicista de la vida humana, la creencia en la incompatibilidad de los dos mundos adquirirá muchas veces el carácter de una obsesión. En todo esto opera una razón existencial. En verdad, por más que se insistiera en la exclusividad de un mundo único, legislado por leyes mecánicas y favorables, la inveterada, trágica o secreta ambigüedad del ser humano, aguzada por la propia incerteza vital del hombre que muere progresivamente, no podrá acallar del todo, con tópicos racionales, la agitada visión introspectiva de cada cual. El sentido, pues, de una radical contradicción, incrustada en la existencia, no era sólo fuego en la ardiente retórica de los sermoneadores. El liberalismo no dejó de prever esta circunstancia. “Il s’agít de choisir”, dirá La Bruyère en sus Caractères: Des Esprits Forts. Y aun Montesquieu, con apasionamiento decisivo, seguirá insistiendo todavía, a propósito de los “dos mundos”, en una alternativa excluyente, ya que, a su juicio, “éste echa a perder al otro y el otro a éste. Dos son demasiado; hubiera debido haber sólo uno”.

Pero para el burgués la opción no fue una cuestión de importancia tan trascendental. Como ya hemos dicho, su decisión fue a la vez clara y prudente. Se vio a sí mismo como un ser adecuado a los negocios del mundo o, mejor aún, según expresa B. Groethuysen, como un hijo del mundo. Su adueñamiento paulatino de los poderes públicos, de las fuentes de la riqueza y de la producción, fue la consecuencia inevitable de esta determinación suya a vivir del mundo y para el mundo. En principio, la disputa dejó de tener para el burgués un carácter exclusivamente teológico; fue más bien una cuestión de derechos sociales, de reconocimiento al mejor predispuesto a las exigencias del trabajo, esto es, un problema de afincamiento en el orden de sus pertenencias. En esto se atuvo al mundo de las cosas prácticas, soslayando así la cuestión antropológica en su más radical proyección existencial o metafísica. Tipificó el carácter de lo humano y, aplicándose a la periclitada idea del “honnête homme”, no quiso ver más allá de su inmediatez, como si él estuviese viviendo en el mejor de los mundos posibles. Por eso la historia acabó siendo su propia ergástula y su propio tribunal condenatorio. En su Candide, Voltaire se mofó de esta especiosa aplicación burguesa del concepto leibniziano. Su acritud, sin embargo, no llegó a ocultar las grietas de su espíritu, “esos abismos insondables de desilusión y hastío”, que ha visto en él J. B. Priestley, y en los que terminara justamente por naufragar más tarde el intelectual del ciclo burgués. Pero esto en su momento se enmascaró en complacencias puramente formales. Así, tras el ornato del “gusto neoclásico”, distrajo su desabrimiento la época de la Ilustración. Porque si bien es cierto que hubo en ella, en cuanto al desarrollo de las ideas filosóficas  y científicas, un empuje descollante, también hubo una profunda incerteza al nivel de la vida refinada o intelectual. Ello se reflejó indirectamente en su sentido abigarrado del lujo, el cual literariamente se traduce en un estilo lleno de galanura y precisión, como debía corresponder a la necesidad de brillo adoptada por la aristocracia y que resulta tan perceptible en Voltaire como en D’Alembert o Marmontel. Pero en su tensión histórica este brillo neoclasicista no fue sólo el producto de un acatamiento a normas consagradas por la tradición de lo bello; fue la imposición de un temperamento menos aquiescente que dominante, el espíritu burgués, que deseoso de atemperar sus contradicciones y errores teológicos y existenciales, optaba por la apariencia de un mundo sin sobresalto, equilibrado y perfecto.



De Sosa López, Emilio, "El espíritu de las letras", Libro Tercero, ídem, Segunda parte: "El ingreso a la modernidad", Ediciones Mundi, Córdoba, Argentina, octubre 1995

Emilio Sosa López, manuscrito







jueves, 17 de mayo de 2012

Emilio Sosa López: Si el tiempo dejara de existir

Emilio Sosa López:  Si el Tiempo Dejara de Existir





Si el tiempo dejara de existir, si se evaporara de pronto como el perfume de una ropa (incluso de la fijación fetichista del que la olió con algún arrobo), si dejara de ser lo que corroe, enferma o envejece, es decir, ese flujo que determina toda realidad como una música callada (que alguien supuestamente tiene que oírla, porque si no carecería de sentido que fuera una música); si el tiempo, digo, dejara de ser, ¿cuánto me faltaría para cumplir mi condena? ¿Con qué patrón se mediría o verificaría el plazo de la pena que me impuso la Justicia? ¿Qué pasaría en fin con un preso como yo, que tiene que esperar todavía veintitrés años más de encierro?
Lo increíble es que esto acaba de ocurrir. A primera hora de la mañana apareció un guardián y me dijo: -Oiga, profesor, a usted que es medio ateo le va a interesar la noticia. (Me llaman ateo por lo inverosímil de mi crimen y, también, porque soy un intelectual; un ácrata para unos o un réprobo para otros.) En el mundo o el cosmos o el universo, como quiera llamarlo, se ha terminado el tiempo. No hay más tiempo. Parece ser que el universo que se expande ha llegado a su punto más extremo, ha cesado de expandirse. Así viene la noticia. Lo dicen todos los científicos y así figura en la primera plana de los periódicos. Están dando además informaciones constantes por la radio.
Conociendo mi temperamento reflexivo, se detiene un rato más. Y me pregunta con sorna: -¿Cuánto le dieron por matar tan inmotivadamente a aquel párroco? Su abogado alegó que estaba loco, pero el jurado comprobó su lucidez y plena conciencia al cometer el crimen, ya que usted mismo confesó que ese acto respondía a una necesidad muy profunda de su ánimo. Le dieron un veinticinco buenos años, ¿no? Pues bien, ¿qué se hará con usted ahora que ya no hay tiempo? ¿Quedará encerrado por toda la eternidad? ¿Cómo medirán de aquí en adelante su condena? Sólo los muertos están guardados para siempre. Pero para alguien que aún está vivo, ¿cómo procederá la humanidad de la Justicia? Porque todo lo que pase ahora es, según se lo dice, a perpetuidad...
El guardián que al comienzo parecía burlarse de mí se asemejaba ahora a un filósofo. -Qué curioso, ¿no? Jamás hubiese imaginado vivir a perpetuidad como los dioses. Todos nuestros actos son ya arquetípicos; parecen ser actos puros del pensamiento-. Y siguió andando con un aire cada vez más reflexivo para avisarle lo mismo al preso de al lado.
Me he quedado tirado en mi tarima, con las manos debajo de la cabeza. En verdad, ¿qué harán conmigo?, me pregunto. Repentinamente, con un ruido seco, todas las puertas de rejas de las celdas se descorren. -¡Salgan! -dicen por los altoparlantes-. No hay más tiempo. Las penas están de hecho conmutadas. ¡Están en libertad! Lo que no sabemos es si lo que está ocurriendo ahora sigue siendo la vida o somos ya meros espectros de una repentina fantasmagoría.
Así se expresaban los parlantes con la habitual y monótona voz con que antes nos imponían silencio y nos hacían andar en fila, detenernos, entrar a un mismo tiempo en las celdas, recomendando no escandalizar ni hacer el menor ruido posible, inclusive el de rezar aún en voz baja.
Al salir de mi celda para asegurarme sobre mi situación personal, pedí hablar con el encargado del pabellón. Un guardia que solía ser feroz en los castigos y procedía siempre a gritos y empellones, me quiso disuadir, hablándome casi como en un ruego: -Mire, profesor, el oficial está tan perplejo como usted. La orden viene de muy arriba, casi diría que del cielo. Sólo que a nosotros nos llega del Gobernador. Él mismo asegura que la orden viene directamente de Dios -que, según parece, ha vuelto a hablar como el viejo Jehová. Como nuestro país es tan estatista, esta información (apocalíptica) del fin de los tiempos, ha tenido que ser refrendada, para que nadie dude, por el Presidente de la Nación, sus ministros, autoridades del Congreso y miembros de la Suprema Corte de Justicia, junto con los Jefes de las tres Fuerzas Armadas y altos dignatarios de la Iglesia. En un decreto global se ha dispueso, por último, antes de disolverse el Gobierno, que "por mandato de Dios" (que en nuestra Constitución es "fuente de toda Razón y Justicia"), sean liberados los presos, cancelados todos los plazos o vencimientos de deudas que ya no las habrá más, pues el dinero ha dejado de tener valor. Nada vale nada, no rigen ni las fechas, los días, los meses ni los años. Tampoco se usarán más los nombres de los días. Se ha confirmado además que no habrá más muerte ni dolor. Nada cambiará en adelante. Todos los que murieron han sido resucitados y así, vivos, muertos y niños tienen de hecho la misma edad. Mundo colmado, es cierto, pero libre, sapientísimo, sin necesidad de diarios ni noticieros. Ni libros. El mal que los producía ha desaparecido al no operar más el tiempo. No habrá más babelismo. Hasta el hombre de Cro-Magnon hablará inglés, latín, hebreo o el idioma o dialecto que quiera. Todos lo entenderán. Podrá viajar incluso en avión o cohete a cualquier parte, como en un sueño. O con el pensamiento simplemente. En realidad, no existirá otra cosa que la ilusión del movimiento...
Y agregó tras un suspiro: -Se dice que debemos comenzar a habituarnos a vivir en la eternidad. -Pletórico de entusiasmo casi le grité: -¿Entonces quiere decir que se han confirmado aquellos versos de Rimbaud: "Elle est retrouvée! / Quoi? l'Éternité"?... -C'est vrai! -me respondió el perverso esbirro y se alejó.
Todavía estoy en el pasillo donde queda mi celda. Ya se han ido todos, algunos con mucha indecisión. El último preso con el que hablé, que estaba enfermo y casi paralítico por su reuma, me dijo: -Yo creo que no tiene sentido irse de aquí, si ni siquiera necesitamos alimentarnos. ¿Irnos, para qué? ¿Para aprender algo nuevo fuera? Ya lo sabemos todo por un triquitraque de la mente. Jamás hubiese imaginado que pudiera explicar con tal precisión la relatividad de Einstein o la teoría de los quanta de Planck. O defender de sus infinitos comentaristas las ideas de Platón. O saberme de memoria Descartes, Kant o Schopenhauer. ¡Qué claro me resulta hoy Hegel! Y eso que en mi vida no he sido más que un ratero. Tengo en mi mente toda la música de Bach, Mozart, Brahms o Schönberg. Y toda la literatura, desde Homero a Borges. Lo que siento es que no haya más historia del arte. Con todo esto, ¿para qué irme de aquí? Este será un solar vacío, ideal para reparar y repasar lo creado por el hombre. Sólo me iré hasta el patio de esta prisión, únicamente para recordar con cuánta dificultad me desentumecía cuando tenía reumatismo. Ya volveré a conversar con usted, aunque de qué vamos a hablar si ya sabemos todo de todo.
Parece que el tiempo era nuestra frustración. Nunca teníamos tiempo para nada, apenas si para algún estallido de la pasión o de nuestras furias. Pero también parece que sin el tiempo ya hemos dejado de ser totalmente hombres, es decir, hombres mortales, viciosos, pendencieros, rufianes, mentirosos, delatores o perseguidores, guardianes, ajusticiadores, terroristas, prestamistas o torturadores. ¿Qué haremos ahora, salvo pasearnos como espectros sapientísimos, en la pululación de esta ya invariable alegoría que ni siquiera Dante hubiera osado imaginar? Porque no puedo creer que el reino de Dios resulte al final tan tedioso como lo pintan las actuales circunstancias.

(De Cuentos para una época incrédula, Ediciones Mundi, Córdoba, Argentina, 1994)